ASOCABA

Nosotros – Caballo criollo


Una historia de compromiso con el caballo criollo colombiano (1ª parte)

 

Por: Francisco Herrera*

Es 1975… nace el nuevo año y con él vienen nuevas ideas, ideas locas tal vez, pero traen en su interior una propuesta de cambio para el mundo del caballo.

Era la tarde del 24 de octubre y en un encuentro de amigos, rodeados de un ambiente libre, tranquilo, al calor de unos buenos tragos muy seguramente y con la mente cargada de múltiples ideas gestadas en lo más profundo de su amor por nuestro equino, se alistan a parir una realidad que revolucionará el ambiente del caballo criollo colombiano: nace la Asociación de Caballistas de Antioquia, Asocaba, esa sigla que resulta del azar, tal vez, o quizá premeditadamente, pero que de una u otra forma resume la simbiosis que representa esa pujante identidad paisa: equino y montaña.

Es noviembre de 1981, son solo seis años que nos separan de aquella tarde de octubre, seis años apenas, y ya ocupa espacio, ya tiene nombre, ya tiene personalidad, ya inspira respeto y ya empieza a marcar liderazgo, a marcar territorio. Es la niña consentida de los caballistas de Antioquia y su nombre ya tiene peso en el ámbito nacional.

23 de noviembre de 1981: por esas jugarretas del destino he llegado, completamente expectante a la pesebrera San Javier, ubicada en el occidente de la ciudad de Medellín, siguiendo las indicaciones que me diera doña Sofía Rendón de Buriticá (qepd), mujer altruista y de gran corazón a quien había conocido días previos cuando ambos coincidimos en el desarrollo de una labor social dirigida a una fundación de carácter nacional. En esa oportunidad, y conociendo mi condición de desempleado, me dijo:” en Asocaba necesitamos una persona como usted”. Ella era la respetada cuota femenina de la junta directiva, presidida en ese entonces por el doctor Álvaro Merino Navia (qepd). Fue así que ese 23 de noviembre al llegar a la pesebrera San Javier me convertí en empleado de Asocaba: era su nuevo mensajero.

Yo, tan lejano y ajeno al mundo del caballo, que no dimensionaba todo el amor que en un humano pudiera generar este noble ser, que en mi memoria conservaba la imagen de Juan Sierra como estampa icónica para nuestra generación del arriero de arrieros de mi Anzá ardiente, mi pueblo natal, como única relación cercana con equino alguno. Yo ahora estaba allí, estaba en Asocaba donde hablaban de la trocha y el galope, de la trocha pura, del trote y galope y el flamante paso fino colombiano, ponderado por los expertos de aquella época como el andar insignia, orgullo colombiano.

Por primera vez escuché también hablar de Don Danilo, según ellos mismos, el génesis de los andares y de la nueva historia del caballo criollo colombiano. Decían que él vestía de gala las pistas que pisaba, era el centro, era la atracción.

También escuchaba hablar con entusiasmo de los Resortes, de Pistolero, de Capuchino, Cónsul II de Cambalache, de Terremoto y de tantos otros que mi memoria no alcanza a recopilar, pero lo que más me sorprendía era la intensa pasión con que destacaban cada una de las cualidades que particularizaban a estos ejemplares en sus respectivos andares.

Empecé entonces y por razón de mi nuevo empleo a adentrarme en este mundo del caballo, a conocer de cerca sus protagonistas, sus espacios y a sorprenderme con los generosos cuidados que le prodigaban al noble equino, hasta que entendí que tantos cuidados, tanto respeto y tanta admiración solo podían ser producto de una profunda pasión. Y es que en eso se traduce ese fervor que se profesa en Colombia por el caballo criollo y seguía sorprendiéndome, ahora, por cuenta de Jader Echavarría (qepd) y Diego Alonso Sierra, un par de excelentes personas que se estrenaban como médicos veterinarios y se desempeñaban como empadronadores… “¿Empadronadores?”, me pregunté extrañado. “¿Y qué diablos es eso?”. Ellos me respondieron: “nosotros somos los encargados de levantar la información para hacerle el registro a cada caballo”. “¿Registro?”, replico nuevamente. “Sí, registro”, continuaron ellos… “es una ficha que contiene la información básica de la procedencia de los ejemplares con la finalidad de establecer un censo equino y su relación genealógica”. Entonces conocí y sin comprenderlo totalmente, me familiaricé con los registros que se expedían en esa época: reportados, que eran la inmensa mayoría; le seguían los denunciados y en una cantidad muy escasa, los certificados. Eran documentos que se elaboraban de manera muy artesanal; solo se disponía de una máquina de escribir que hábilmente manejaba María Villa, la secretaria en aquel tiempo.

Solo quince días habían transcurrido desde el momento de mi ingreso y el primer evento al que me correspondió asistir en mi calidad de empleado de Asocaba: Primera Exhibición Equina del El Carmen de Viboral, diciembre 8 de 1981. Así se publicitó este suceso donde por primera vez escuché hablar de inscripciones, de categorías, de juzgamientos, de cintas, de trofeos, de prepista. Las inscripciones se realizaron a mano alzada y se archivaban en carpetas por categorías, carpetas que posteriormente se presentaban a la prepista y a la locución para proceder a organizar todos los ejemplares para su respectiva competencia. Este orden no ha tenido sustanciales variaciones respecto a los tiempos actuales.

Esta exhibición se convertiría en el abrebocas de lo que sería conocer y participar en la organización del gran evento anual de la asociación: la exposición equina grado “A” que se realiza tradicionalmente en el primer semestre de cada año. Eran los primeros meses del año 1982 y empecé a sentir como se agitaba el ambiente interno en la oficina; otras voces empezaron a escucharse y otras caras aparecen en el escenario laboral… se organizaba la VII versión de la Exposición Equina grado “A”, Asocaba 1982. Se vivía un ambiente de fiesta pero también de muchas tensiones, el trabajo era más exigente.

Con mucha claridad recuerdo hoy que en aquel periodo se hicieron más frecuentes las visitas a la casa de San Javier por parte de doña Elcy Vallejo y doña Sofía Rendón, asociadas; de Dora Luz Hernández (la Negra), de Gilma Mejía y de María Cecilia Martínez, esposas de los asociados Carlos Arturo Trujillo, Oscar Correa Arredondo y Noé Vergara respectivamente; mujeres que entregaban todo su tiempo y sin interés alguno, simplemente las movía la pasión por otorgar a la comunidad caballista un gran evento. Junto a ellas llegaban también sus hijos y los amigos de sus hijos que ya tenían en su sangre el virus de la pasión equina. Así recuerdo a Claudia, Mónica, Juan Carlos y Julio Buriticá Rendón; a Alejandra Correa Mejía, Patricia Tobón Correa, Mónica Jaramillo, Álvaro García (el Flaco). Ellos, entre otros de los cuales no recuerdo sus nombres, conformaban el comité juvenil de aquel entonces y en su función apoyaban todas las gestiones tendientes al desarrollo exitoso de la feria grande.

Una vez puesto a punto el coliseo Aurelio Mejía después de varias semanas de acondicionamiento, finalmente empieza la feria y con ella todo su ritual: ingreso de ejemplares, el proceso de inscripción cerrado con una semana de anterioridad permitía, de antemano, tener listas las planillas para los juzgamientos y para la publicación en el catálogo de la feria de todos los ejemplares inscritos en cada una de las categorías. Se inician los juzgamientos y en las tribunas totalmente colmadas empieza la anhelada fiesta al calor de unos tragos, de la marcación sonora de los andares magnificados en la pista de resonancia y la exuberante belleza fenotípica de los caballos en competencia.

Así transcurrieron los tres días de feria, excepto el sábado que tenía una connotación especial, pues la organización acostumbraba el regalo de un espectáculo adicional para los asistentes, amenizado por artistas de primer orden en el ámbito nacional o internacional. De esta manera, finalizando los juzgamientos del sábado, enloqueció el coliseo y la histeria en las tribunas fue total cuando anunciaron a la artista invitada: Helenita Vargas, la cantante popular colombiana más exitosa del momento. Una presentación que a mí me marcaría, por dos razones: porque soy un amante de las manifestaciones artísticas, especialmente la música, y por mi condición de pueblerino con tan solo tres años de haberme radicado en la ciudad.

*Francisco Herrera, “Pacho” como se le conoce comúnmente, es el encargado de los registros y traspasos de los caballos en Asocaba, así como de otros asuntos técnicos en la Asociación. Es uno de los personajes más reconocidos de la entidad, en especial en el momento de las inscripciones de los equinos en cada uno de los eventos en los que participan los socios de Asocaba. Ha sido testigo por más de 30 años del crecimiento del sector con el mejoramiento de los procesos y la tecnología, que ha permitido mediante las pruebas de ADN darle más credibilidad a la negociación de caballos de excelentes condiciones genéticas. Pacho considera que el caballo criollo colombiano se está consolidando como un producto representativo de la idiosincrasia nacional, tan auténtico como lo es el café de exportación.